Cuando una madre ya no quiere seguir: hablar de suicidio y maternidad
Ayer, 10 de septiembre, fue el Día Mundial de la Prevención del Suicidio ( y si como siempre voy tarde porque me enteré ayer).
Hablar de suicidio nunca es fácil, va en contra de las leyes de la naturaleza y el orden biológico. Y cuando hablamos de una madre, puede resultar todavía más difícil, porque además va en contra de las expectativas sociales Existe una idea muy arraigada de que convertirse en madre debería estar acompañado de una felicidad inmensa, de un amor capaz de compensarlo todo y de una especie de instinto que hace que una mujer pueda con cualquier cosa.
Pero una madre sigue siendo una persona y las personas se pueden enfermar, deprimirse, sentir ansiedad, agotamiento, miedo, desesperanza o una profunda sensación de no poder más. Y, en algunos casos, puede llegar a pensar que no quiere seguir viviendo.
Hablar de esto no significa hablar mal de la maternidad. Significa tomar en serio la salud de las mujeres que son madres.
No siempre empieza con "quiero morir"
Cuando pensamos en suicidio, muchas veces imaginamos a una persona que expresa claramente su deseo de morir. Sin embargo, el sufrimiento puede aparecer de formas mucho más silenciosas. Y las frases que me toca escuchar en consulta son:
"No puedo más." "Quiero desaparecer." "Necesito escapar de todo." "Se que debería estar feliz pero me desborda todo y estoy aterrada." "No soy una buena madre porque no puedo parar de estar triste/enojada." "Solo quiero dormirme y no despertar."
No todas estas frases significan necesariamente que exista un riesgo suicida inmediato. Pero sí son señales de un sufrimiento que merece ser escuchado y valorado.
Y hay algo que me parece especialmente importante: no deberíamos normalizar el sufrimiento psicológico intenso como una parte inevitable de la maternidad.
Estar cansada después de tener un bebé puede ser normal. Sentirse desbordada algunos días también.
Sentirse atrapada, profundamente desesperanzada, desconectada de todo o pensar repetidamente en la muerte no debería considerarse simplemente "parte del posparto".
La maternidad no es el problema, pero puede ser un momento de enorme vulnerabilidad
Siempre repito que convertirse en madre supone una transformación física, hormonal, emocional, familiar, social y económica.
A esto pueden sumarse muchas otras circunstancias: falta de sueño, dolor, dificultades con la lactancia, aislamiento, problemas de pareja, violencia, dificultades económicas, pérdida de autonomía, antecedentes de depresión o ansiedad, complicaciones durante el embarazo o el parto, un bebé con necesidades especiales o simplemente la sensación de que la realidad de la maternidad está muy lejos de lo que una esperaba.
Y la presión social, a veces autoimpuesta con la expectativa de la máxima realización personal: "Deberías estar feliz. Tienes un bebé sano."
Pero tener un bebé sano no protege a una mujer de enfermar. Tener una pareja tampoco. Querer profundamente a un hijo tampoco. Y ser una buena madre tampoco.
La depresión, la ansiedad y otros trastornos de salud mental pueden aparecer incluso cuando, desde fuera, parece que todo está bien.
El posparto no termina a las seis semanas
Esta es una de las ideas que más necesitamos cambiar.
Las seis semanas posteriores al parto son un periodo fundamental de recuperación física, pero no representan una frontera biológica ni emocional a partir de la cual la mujer deja de necesitar atención.
De hecho, los datos españoles nos obligan a mirar más allá.
Un estudio publicado en 2026 analizó las muertes maternas por suicidio en España durante el primer año después del parto entre 2016 y 2023. Identificó 30 muertes por suicidio en este periodo. La mitad ocurrieron durante los primeros cinco meses y la mayoría correspondieron a mortalidad materna tardía, es decir, después de las primeras seis semanas.
Son cifras pequeñas en términos absolutos, pero detrás de cada una hay una mujer, una familia y una oportunidad de prevención que no llegó a tiempo.
Y si hablamos de Latinoamérica, el problema es todavía más difícil de dimensionar porque seguimos teniendo importantes problemas de registro.
En México, un estudio nacional publicado en 2026 analizó las muertes de mujeres embarazadas y durante el primer año después del embarazo entre 1998 y 2024. Encontró 568 muertes por violencia autoinfligida, es decir, suicidios.
El estudio incluyó el embarazo y todo el primer año posterior al embarazo, y mostró además que las muertes violentas habían aumentado desde 2010.
Pero quizá lo más importante es esto: los propios autores señalan que los sistemas actuales de vigilancia de mortalidad materna no están capturando adecuadamente estas muertes.
En otras palabras: que no tengamos una cifra precisa de suicidio materno en Latinoamérica no significa que el problema no exista. Significa que todavía no lo estamos midiendo bien.
Y nos recuerdan algo fundamental:
que una mujer haya salido del hospital, haya pasado su revisión de las seis semanas o tenga un bebé de varios meses no significa que haya dejado atrás la vulnerabilidad del periodo perinatal.
La salud materna necesita continuidad.
Tenemos que empezar a preguntar de otra manera
Cuando nace un bebé, prácticamente todo el mundo pregunta:
"¿Cómo está el bebé?"
Es lógico.
Pero necesitamos incorporar otra pregunta
"¿Cómo estás tú?"
Como el periodista le preguntó a Meghan Markle hace años en Sudafrica y ella aprovecho para hablar de ella en vez de darle luz a un problema tan serio (pero ese es otro tema) Y no como una pregunta de cortesía.
Como una verdadera evaluación de salud.
¿Cómo estás durmiendo? ¿Te sientes acompañada? ¿Has podido descansar? ¿Estás disfrutando de algo? ¿Te sientes segura en casa? ¿Hay momentos en los que sientes que no puedes más? ¿Has tenido pensamientos de que preferirías no estar aquí?
Preguntar directamente por pensamientos suicidas no provoca que una persona empiece a pensar en suicidarse. Al contrario: una pregunta clara, empática y sin juicio puede abrir una conversación que de otro modo quizá nunca ocurriría.
A veces, la primera intervención no es un tratamiento, es hacerlas sentir vistas y apoyadas.
Cuidar a una madre también es la mejor manera de cuidar a su hijo
Durante años hemos hablado de la salud del bebé y de la salud de la madre como si fueran dos cosas diferentes y no lo son ya que la salud de una familia empieza también por la salud de quien cuida.
Por eso detectar una depresión, una ansiedad grave, pensamientos de muerte o cualquier otra alteración de la salud mental materna no es un lujo ni una cuestión secundaria.
Es atención médica y también es prevención.
No deberíamos esperar a que una mujer esté en una crisis para preguntarle cómo está.
No deberíamos esperar a que deje de funcionar por completo.
No deberíamos esperar a que alguien diga explícitamente "quiero morir" para tomar en serio su sufrimiento.
Y si eres tú quien está pasando por esto
Si alguna vez has pensado que tu familia estaría mejor sin ti, que quieres desaparecer o que no quieres seguir viviendo, quiero decirte algo muy importante: no significa que seas una mala madre.
Significa que estás sufriendo.
Y el sufrimiento psicológico también necesita atención médica.
No tienes que esperar a estar "lo suficientemente mal" para pedir ayuda. Habla con alguien de confianza y busca valoración profesional.
Tenemos que cambiar la conversación
Prevenir el suicidio no consiste únicamente en intervenir cuando existe una crisis.
También consiste en construir una sociedad en la que una madre pueda decir:
"No estoy bien."
Y no recibir como respuesta: "Es normal, acabas de tener un bebé." "Todas estamos cansadas." "Disfruta, que esta etapa pasa rápido." "Piensa en tu hijo." "Deberías sentirte afortunada."
A veces lo que una madre necesita escuchar en consulta es algo mucho más sencillo:
"No tienes que poder con todo y está bien, no estás rota, hay una explicación y vamos a encontrar la solución "
Cuando hablamos de suicidio, escuchar, preguntar y acompañar puede ser el comienzo de una oportunidad para seguir viviendo.
Y quizá esa sea una de las cosas más importantes que podemos hacer por una madre:
no esperar a que nos diga que quiere morir para empezar a preguntarle cómo está.

