Quizá no necesitamos otro batido de proteínas…
Me da tristeza que en las conversaciones sobre alimentación hemos dejado de compartir recetas hemos para hablar de nutrientes como si fueran productos. ¿Se han fijado?
Y, especialmente, de proteína. Después de años de bombardeo de veganismo, ahora llega la proteína como el nuevo milagro fundamental.
La proteína extra está en todas partes: en los yogures, en las barritas, en los cereales, en las galletas, en el café y, por supuesto, en los batidos que prometen ayudarnos a alcanzar nuestros objetivos nutricionales sin perder un minuto de nuestro día.
Y entiendo perfectamente por qué se venden, por un lado dicen que a todos nos faltan proteinas (un poco sospechoso), por el otro lado nos venden una solución cuantificable, fácil y rápida.
Vivimos con prisa. Trabajamos mucho, entrenamos, tenemos hijos, reuniones, desplazamientos y una agenda que parece no dejar espacio ni siquiera para sentarnos a desayunar. Un batido puede ser práctico, rápido y, a veces, una herramienta perfectamente válida para alcanzar nuestras necesidades de proteína. Porque realmente poca gente sabe exactamente cuanta proteina come en su dieta diaria.
El problema aparece cuando empezamos a confundir “puede ser útil” con “lo necesito”.
Porque una persona sana que necesita proteína no necesariamente necesita proteína en polvo.
Y aquí es donde me gusta volver a algo mucho más sencillo: un huevo.
Un huevo contiene aproximadamente 6–7 gramos de proteína de alta calidad, pero su valor nutricional no termina ahí, aporta: colina, vitamina B12, riboflavina, selenio, fósforo, pequeñas cantidades de vitamina D y carotenoides como la luteína y la zeaxantina. La yema, precisamente la parte que durante años ha tenido mala fama por el colesterol, concentra buena parte de estos nutrientes.
No estamos hablando únicamente de “gramos de proteína”.
Estamos hablando de un alimento muy completo, esta diferencia me parece importante.
Porque si una persona necesita más proteína en el desayuno, podemos construir una comida alrededor de alimentos que, además de aportar proteína, proporcionen otros nutrientes. Podemos combinar huevos con pan integral, fruta, verduras, yogur natural, aceite de oliva, semillas, frijoles… podemos adaptar las cantidades o incorporar otras fuentes proteicas.
No hay nada sofisticado en ello.
Precisamente ese es el punto.
En una época en la que parece que necesitamos optimizar cada comida hasta convertirla en una fórmula matemática, quizá estamos olvidando que comer también es una actividad humana, social, de disfrute.
Me preocupa un poco que la pregunta haya pasado de ser “¿qué puedo desayunar?” a ser “¿cómo consigo 30 gramos de proteína lo más rápido posible?”.
Porque cuando la comida se convierte únicamente en una forma de alcanzar objetivos nutricionales, corremos el riesgo de perder de vista algo fundamental: los alimentos contienen muchos nutrientes que trabajan juntos y forman parte de una experiencia humana mucho más compleja que cumplir una ingesta perfecta.
Y también está el contexto.
No todos necesitamos la misma cantidad de proteína. Una persona sedentaria, una persona que entrena fuerza, una mujer embarazada, un adulto mayor o un paciente que atraviesa una enfermedad pueden tener necesidades diferentes. La nutrición clínica consiste precisamente en eso: individualizar, no convertir una recomendación concreta en una regla universal.
Por eso no estoy en contra de los batidos de proteínas, pueden ser muy útiles.
Si entrenas y tienes unas necesidades proteicas elevadas, si tienes poco apetito, si estás de viaje, si por tu situación particular no consigues cubrir tus requerimientos mediante alimentos o simplemente necesitas una solución puntual, un suplemento puede tener perfectamente su lugar.
Pero un suplemento debería ser eso: un suplemento.
No una obligación. A mi no me parece lógico que si a mi estómago no le entran 4-5 huevos de desayuno, para cumplir la “regla” de 30 g de proteina en el desayuno, ¿por qué le metería esa cantidad en 1 minuto? Me parece contraintuitivo…
Y quizá tampoco deberíamos utilizarlo como respuesta automática a una vida en la que sentimos que no tenemos tiempo para comer.
Aquí es donde me acuerdo de WALL·E, que imagina una sociedad en la que incluso comer se reduce a una actividad completamente ¿En nuestra obsesión contemporánea por la eficiencia, estamos empezando a hacer algo parecido? Aunque de una manera mucho más sofisticada: convertir la comida en nutrientes aislados, perfectamente cuantificados y diseñados para consumirlos sin detener nuestra vida.
Quizá necesitamos recuperar el valor de algo mucho menos innovador.
Sentarnos.
Comer.
Masticar.
Tomarnos 15 minutos para disfrutar una comida.
Y sí, algunas mañanas, desayunar un huevo, no porque sea un superalimento, sino porque la alimentación equilibrada no consiste únicamente en alcanzar una cifra de proteína.
Como le digo a mis pacientes cuando sus bebés empiezan alimentación complementaria “Comer también es un acto de unión familiar, una actividad de disfrute, un momento para compartir.”
A veces, volver a lo básico también es una forma de cuidar nuestra salud.
Quizá no necesitamos otro producto para desayunar.
Quizá solo necesitamos volver a desayunar.

